Hildegard von Bingen, la (más que) monja que nos brindó el lúpulo

por | Cultura Cervecera, Historia

En este 8 de marzo recuperamos esta figura femenina clave para la historia de la cerveza y de la sociedad en general

 

Hildegard von Bingen y el sabor de la cerveza

A pesar de que, como en muchas áreas, el papel de la mujer en la historia de la cerveza ha sido ninguneado a través de los siglos, esta bebida que no entiende de géneros debe buena parte de su origen y evolución a las féminas.

Algunos de los primeros registros que se tienen de la cerveza en el 2000 A.C. en Sumeria, la actual Irán, indican que eran ellas las responsables de preparar esta bebida, al igual que entre los egipcios o los vikingos, entre otros.

Pero el papel de la mujer en el devenir cervecero no se limita a «la cocina», también es fundamental en la receta que actualmente conocemos y adoramos.

 

Hildegard von Bingen, la (más que) monja que nos brindó el lúpulo - Loopulo

 

Y es en este punto donde cobra especial relevancia nuestra protagonista de este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer: Hildegard von Bingen. Las biografías apuntan que era una monja de clausura que vivió en el siglo XII, pero esta definición se queda muy corta para este pionera.

Hildegarda de Bingen fue escritora, compositora, filósofa, teóloga, mística, pintora y científica.

Asimismo, no solo fue capaz de fundar sus propios monasterios, sino que logró permiso del Papa para predicar por ciudades y pueblos e interpretar la Biblia, algo a lo que solo tenían derecho los varones.

Como dicen algunas fuentes, fue la versión femenina de Leonardo da Vinci pero nacida tres siglos antes y (¡sorpresa!) totalmente desconocida para la inmensa mayoría de la población, si bien su interesante figura ha sido recuperada en los últimos años.

 

La cerveza antes de von Bingen

Aunque decimos que el origen de la cerveza va casi de la mano de las civilizaciones que dieron lugar a nuestra sociedad actual, lo cierto es que su composición ha variado a lo largo de los siglos.

Ancestralmente se añadían diferentes ingredientes a la bebida para darle color, aroma y sabor. Además, buscaban aumentar el grado alcohólico o conservar el producto elaborado a través de mieles, especias o hierbas, una combinación conocida como gruit.

 

Hildegard von Bingen, la (más que) monja que nos brindó el lúpulo - Loopulo

 

El suministro de estas mezclas era controlado por los gobernantes durante la época del imperio Carolingio. De este modo, concedían licencias especiales para la plantación de las hierbas y su comercialización, e imponían impuestos y tasas.

Sin embargo von Bingen, comprendió pronto la relación entre las enfermedades que provocaba en la población beber agua insalubre o almacenada en malas condiciones, y comenzó a estudiar el uso del lúpulo en el proceso de elaboración de la cerveza. Esta planta que hoy conocemos tan bien posee propiedades bactericidas gracias a sus alfa ácidos, que tienen efecto antibiótico sobre Gram-positivas; y taninos, antibactericida láctico y acético. De este modo, con esta por entonces «mala hierba» se conseguía mantener en buen estado la cerveza y evitar muertes por consumo de agua insalubre. Además otorgaba a la bebida su hoy característico aroma, y sabor.

Puede que no fuese un descubrimiento netamente suyo, pero la religiosa benedictina recogió este conocimiento en su tratado Physica sive Subtilitatu, que se popularizó entre los eclesiásticos, y la expansión de los monasterios por Europa durante el Medievo hizo que se difundiera la cerveza tal y como hoy la conocemos.

 

 

Mucho más que una monja

Hildegard von Bingen nació en 1098 en el municipio alemán de Bermersheim en el seno de una familia noble. Era la menor de diez hermanos y, a causa de su condición enfermiza (con bastante seguridad en vista de la dificultad que eso entrañaba para casarla), la ingresaron en la abadía benedictina de Disibodenberg con solo catorce años. Sin embargo esto, lejos de cortarle las alas, se las liberó ya que en el monasterio recibió educación en materias como latín, griego, música, botánica y teología.

Así, con dieciocho años tomó los hábitos en esta orden, convirtiéndose en abadesa vente años después y fundando un primer monasterio exclusivamente femenino en Rupertsberg, cerca de Bingen.

Especialmente a partir de ese momento, Hildegarda de Bingen desarrolló una gran actividad intelectual, publicando hasta nueve tomos de diferentes temáticas como la mística, teología, medicina, música o botánica. En esta materia escribió un tratado sobre las bondades del lúpulo, y otro sobre la cerveza y el empleo del lúpulo en la fabricación de esta. En este sentido, como explican en el blog Salud y Birras, Hildegard observó que las bebidas dulces eran muy populares en la población y que el consumo elevado de estas potenciaba problemas de visión e incluso ceguera. El amargor de la cerveza contrarrestaba el abuso del consumo de este tipo de bebidas y el carácter aséptico de la planta favoreció que la cerveza no se estropeara con tanta facilidad.

 

Hildegard von Bingen, la (más que) monja que nos brindó el lúpulo - Loopulo

 

La Sibila del Rhin

Su obra literaria y musical también fue muy extensa, incluyendo la composición de 78 obras de música sacra.

También ideó un idioma propio conocido como ‘lingua ignota’, posiblemente para comunicarse con sus monjas, por el cual se le considera patrona de los esperantistas.

Además de su relación con la cerveza, la biografía de esta mujer es sumamente interesante. Se dice que a lo largo de su vida tuvo una serie de visiones divinas que, tras aprobación papal fueron consideradas intervenciones del Espíritu Santo y recogidas en escritos, lo que la convirtió en una personalidad con gran influencia por sus consejos y orientaciones a personalidades políticas y eclesiásticas de la época. Por ello llegó a ser conocida como «la Sibila del Rhin», haciendo referencia a las sibilas, mujeres a quienes los antiguos griegos y romanos atribuían la facultad de predecir el futuro.

Sus conocimientos también le sirvieron para curar a la gente con «el agua del Rin, plantas y piedras». Lo que ayer era magia y hoy sabemos que son los antecedentes de farmacología. No en vano, como explican diversas fuentes, ella creía que todo lo que había en el mundo «estaba ahí a disposición del ser humano para utilizarlo».

Y es que, según Hildegard von Bingen, todo lo que sabía venía de sus visiones otorgadas por Dios. Esto, conociendo su inteligencia, era más que probablemente una buena manera de que nadie la cuestionara o la tratara de bruja o hereje, suerte que corrieron muchas otras mujeres adelantadas a su época a lo largo de los siglos.

 

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Un placentero bonus track

Además de su notable aportación a la cerveza, Hildegard von Bingen nos legó un placentero «descubrimiento»: la primera descripción por escrito de un orgasmo femenino.

La monja de clausura (ojo) fue la primera en atreverse a asegurar que el placer era cosa de dos, que residía en el cerebro y que la mujer también lo sentía. Para ella, el acto sexual era algo «bello, sublime y ardiente». En sus libros de medicina abordó la sexualidad, especialmente en Causa et curae, en la que describió sin tapujos el momento del clímax de la pareja y la eyaculación.

Por ello en este 8 de marzo atípico pero no por ello menos reivindicativo, nos quedamos con una de las frases que sin duda más la definen:

«La mujer podrá estar hecha del hombre, pero el hombre no se puede hacer sin una mujer».

Salud.

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