Las cerveceras son el nuevo Netflix

Las cerveceras son el nuevo Netflix

Cuando era pequeño, el cine en casa era de alquiler y en VHS. Las salas tenían el monopolio de los estrenos y el blockbuster del momento tardaba mucho en llegar a la televisión. En 1989 hubo una película que se instaló en mi mundo infantil de manera irreparable: Batman. Coleccionaba todo de Batman, lo tenía todo menos la edad mínima para ir a verla al cine. Tuve que esperar meses -que, para el tiempo de un niño, fueron como años- a que saliera en alquiler, con la mala suerte que el videoclub del pueblo sólo tenía una copia. Había una lista de espera de meses y cada hogar sólo podía alquilarla durante un día. El visionado se convertía en todo un acontecimiento familiar, o eso me contaban porque finalmente, ese VHS, nunca llegó a mi casa. No fue hasta dos o tres años después, con la irrupción de las televisiones privadas y de pago, que conseguí verla y grabarla. La cinta quedó desgastada de tanto reproducirla y la experiencia permanece en mi memoria como un acontecimiento épico; pero hablemos de cerveza, que es de lo que va la película.

 

Las cerveceras son el nuevo Netflix – Loopulo

 

¿Recuerdas la primera cerveza que probaste? No la primera de todas, que seguro que no te gustó; sino la primera con la que apreciaste la cerveza, la que te hizo tomar conciencia que había otras marcas y estilos y formas diferentes de servirla. Mi primera vez fue en una cervecería de Barcelona muy alejada de la ruta de fiestas universitarias, uno de esos templos ocultos e inaccesibles para un adolescente. No conocía ninguna de las cervezas que había en la trasbarra, todas de importación, tradicionales y europeas. La primera fue una de abadía. Luego vinieron las Hefeweizen. Todas ellas siguen en el mercado y todas ellas saben a épica cada vez que las bebo. 

Siguiendo con la película, me pregunto qué pasaría si ahora, en 2022, yo fuera de nuevo ese adolescente que entra por primera vez a una cervecería especializada. Seguramente sentiría la misma confusión ante tal cantidad de latas y colores e intentaría disimular mi desconocimiento -o no parecer demasiado estúpido- cuando le pregunte al camarero qué es una DDH o cuál es la cerveza más normal que tiene. El caso es que el camarero me sirve la novedad del momento, una cerveza turbia cercana al zumo de frutas, ciertamente afrutada en aroma y amarga que rasca la garganta. En mi ficción no puedo imaginar si me gustó o no esa primera vez, ni si el primer sorbo fue legendario. Tampoco sé si acabé si quiera recordando el nombre de la cerveza; pero me imagino volviendo a la cervecería con amigos, por eso de lucirme en el descubrimiento y hacérmelas de experto. La escena sería así: 

  • Hola, ¿nos pones cuatro NEIPAS? -me aprendí el nombre del estilo e investigué por Internet. 
  • Sí, prueba ésta que acabo de pinchar nueva a ver si te gusta. -El camarero me sirve un chupito.  

Y de repente, de manera inconsciente pero irremediable, introduzco a mi grupo de amigos y a mí mismo en una rotación frenética de novedades donde rara vez voy a poder repetir cerveza, o lo que es lo mismo, siempre va a haber una primera vez y, como pasa cuando lo excepcional se convierte en habitual, ninguna acabará siendo épica.

No os confundáis. No es que sienta añoranza o defienda que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Sólo quiero evidenciar que los tiempos han cambiado y, con ello, el hábito de consumo; además de provocar un diálogo entre industria cinematográfica e industria cervecera, de ahí el título del artículo. Ambas industrias viven la abundancia de nuevas y fugaces producciones, de escasez diríamos, que choca con las ofertas de antaño, mucho más limitadas pero perdurables en el tiempo. 

Las cerveceras se han convertido en el nuevo Netflix -o cualquier plataforma de contenido audiovisual en streaming-, donde las series y las películas se digieren y se olvidan casi tan rápido como se han consumido. Da igual quién la haya hecho o la superestrella que salga; pasada la primera semana, el producto se diluye por completo, ha envejecido y desaparece de la conversación. Adiós al boca-oreja por el que muchas cerveceras han nacido y muchas películas han hecho récord de taquilla. Si el sabor de lo que acabamos de beber se olvida al momento en que nos sirven la siguiente novedad, perdemos capacidad de crítica y recomendación. No es culpa de que perdamos memoria gustativa sino de la cantidad de nuevos productos que nos impactan y pelean por nuestra atención.

 

Las cerveceras son el nuevo Netflix – Loopulo

 

Según Birrapedia, cada día se lanzan 5 ó 6 novedades cerveceras, ritmo que se incrementa un 20% en meses como noviembre o diciembre. En Netflix el volumen es parecido. La contradicción es que, las cerveceras artesanas, que siempre han defendido el mimo de sus elaboraciones, dejan de ser este taller artesano para convertirse en una especie de cadena de montaje de economía de escala donde los recursos son los mostos -economizando el mismo para diferentes estilos-, los lúpulos -de cada variedad puede salir un nuevo lanzamiento-, diseño -si una pequeña cervecera tiene a un diseñador en nómina, sabes qué cervezas vende- y vida comercial adiestrada en la renovación constante del catálogo: la novedad de hoy ocupa el espacio que ha dejado la vieja de ayer. En muy pocas ocasiones este modelo de negocio llega a ser rentable. Netflix es un ejemplo. 

El objetivo comercial de Netflix no es ya ganar suscriptores sino no perderlos, retenerlos, y lo hace inflando su catálogo de novedades. ¿Qué pasa? Que este objetivo choca frontalmente con invertir en super producciones. No es la primera vez que Netflix obtiene resultados muy modestos de sus grandes apuestas. Apenas un tercio de sus suscriptores ven la producción, y toda inversión publicitaria queda sin efecto por la difícil supervivencia de los fenómenos frente a la novedad. La rentabilidad de las plataformas aquí es difícil, así que, como cualquier otra industria, ha tenido que subir los precios de los planes de suscripción. Y así es como, por primera vez en su historia, Netflix ha empezado a perder usuarios. 

En el sector cervecero está pasando algo parecido. El volumen inabarcable de novedades ha abierto tres batallas: la de las cerveceras por ver cuál lanza más novedades, la del profesional hostelero por tenerla antes que nadie y la del consumidor por chequearla nada más anunciarse. Sin embargo se abren otros paradigmas ante un plausible cambio de tendencia. El hostelero se está replanteando la rotación estresante de su oferta, muy elevada en coste; y el consumidor, que había comprado novedades religiosamente, empieza a preguntarse si merece la pena pagar más por la cerveza de la semana. La consecuencia es que ya hay cerveceras que están ofreciendo precios más competitivos para continuar en la pizarra de grifos con un catálogo más estable de cervezas, aquéllas con las que puede aumentar su rentabilidad. 

Y ahora la distopía. En esta sociedad de la abundancia que nos ha cambiado la forma de apreciar las cosas, que limita nuestra memoria, que afecta nuestra querencia y ataca nuestro anhelo, ¿qué valor esperamos que nos aporten los productos? ¿toleraremos menos calidad? ¿rechazaremos la cerveza que sepa a cerveza? Y lo más importante, ¿habrá alguna película como mi Batman de 1989 en los recuerdos de infancia del insatisfecho?. 

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